ByRunners
En la vida como en las carreras ¡no bajes tu ritmo!Mi aventura Vo2Max
En el 2010, gracias a la insistencia de José Luis, el editor de club de corredores, ingresé a un equipo de atletismo llamado Vo2Max. Formé parte de él todo ese año y por cuestiones económicas y anímicas dejé de asistir a los entrenamientos. La verdad es que a pesar del tiempo, aún nos extraño y [...]
Mi primer Medio Maratón
Quiero compartir hoy la crónica del primer Medio Maratón que corrí. Fue en septiembre de 2009, publiqué, el texto en mi blog personal. Dos años después, concursé con él por un premio de Nike en la Revista Balance. Gané sorpresivamente (para mi) el primer lugar de entre cientos de textos que hablaban sobre lo que [...]
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Correr: enseñanza de vida
Publicado el 25 25UTC abril 25UTC 2012 Sin comentarios aún ...
Este texto lo escribí el año pasado mientras me encontraba entrenando para el Medio maratón de Querétaro. Este día, aunque pareciera trágico, lo disfruté bastante. Aprendí mucho sobre mi entereza.Siempre he pensado que correr es lo más parecido a la vida diaria que conozco. Tal vez cualquier deporte sea excelente para la salud, pero correr no sólo ayuda al cuerpo, también ayuda a la mente y no por aquello de la liberaciónde endorfinas, sino por lo que puedes aprender de ti mismo o de otros mientras corres.
Por ejemplo: hoy me caí. Iba corriendo donde siempre voy, me distraje sólo un instante, suficiente para perder el equilibrio, metí las manos y me raspé las palmas, eso no detuvo mi caída así que me raspé el torso y el codo izquierdo que de plano quedó bastante afectado y también me lastimé la rodilla. Pero ¿qué tiene que ver esto con una enseñanza de vida? Simple: después de la caída tuve que levantarme, sacudirme, revisar los daños y continuar. Tal como se debe hacer cuando una “caída” se presenta en la vida.
En esta ocasión, absolutamente NADIE me ayudó, a pesar de que había personas alrededor, pero me he caído en otras ocasiones y en algunas, he recibido ayuda pero, siempre he tenido que continuar sola mi camino, porque esas personas que me ayudan no llevan la misma dirección.
Pienso que eso sucede en la vida real, con cosas quizá más tangibles. Tal vez alguien te ayude en el trabajo en un apuro, pero siempre tendrás que aprender a hacer las cosas por ti mismo porque no se quedarán por siempre a auxiliarte. También sucede con algún rompimiento o la muerte de un ser querido (aunque se trate de una mascota) el dolor de la “caída” en estos casos, es enorme pero igual que lo hice hoy, no queda más que levantarse, sacudirse, revisar los daños y continuar. Siempre habrá alguien que te deje solo o quizá te acompañe pero no será el resto del camino, por que además sería injusto para alguien cargar siempre contigo.
Hay otra particularidad en ambos casos: jamás se comienza al mismo ritmo y eso es normal, tal vez primero se camine y con el tiempo, se logre volver al ritmo de carrera. Eso mismo es en la vida: comienzas poco a poco, nadie ha dicho que será fácil, pero una vez que alcanzas suficiente confianza, comienzas de nuevo a correr, con alegría, con disfrute, con pasión.
Esa es la maravilla de correr. Cada día, mientras camino hacia el parque donde corro, observo las estrellas y me siento feliz de poder ver la noche y luego ver amanecer, me siento dichosa de saber que la vida me favoreció con unas piernas fuertes capaces de llevarme a donde sea, pero sobre todo, con un corazón enorme, que además de latir intensamente no se deja vencer y siempre vuelve intentarlo. Es cierto, he flaqueado, pero siempre regreso a las pistas, creo que más que nada, correr me salva la vida a cada instante. Ese momento es para mí un regalo que armoniza cuerpo, mente y espíritu y que me permite agradecerle a Dios, todos los días, la bendición de estar viva.
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Esos locos que corren
Publicado el 25 25UTC abril 25UTC 2012 Sin comentarios aún ...Este es un texto magnífico que seguramente ya han leído o visto en muchos de los videos que circulan en la red. A mi me lo envió Toño, mi mejor amigo hace casi 4 años y me gustó porque creo que refleja loq ue cada corredor vive cada día. espero les guste.
Esos locos que corren Yo los conozco. Los he visto muchas veces. Son raros. Algunos salen temprano a la mañana y se empeñan en ganarle al sol. Otros se insolan al mediodía, se cansan a la tarde o intentan que no los atropelle un camión por la noche. Están locos. En verano corren, trotan, transpiran, se deshidratan y finalmente se cansan… sólo para disfrutar del descanso. En invierno se tapan, se abrigan, se quejan, se enfrían, se resfrían y dejan que la lluvia les moje la cara. Yo los he visto. Pasan rápido por la rambla, despacio entre los árboles, serpentean caminos de tierra, trepan cuestas empedradas, trotan en la banquina de una carretera perdida, esquivan olas en la playa, cruzan puentes de madera, pisan hojas secas, suben cerros, saltan charcos, atraviesan parques, se molestan con los autos que no frenan, disparan de un perro y corren, corren y corren. Escuchan música que acompaña el ritmo de sus piernas, escuchan a los horneros y a las gaviotas, escuchan sus latidos y su propia respiración, miran hacia delante, miran sus pies, huelen el viento que pasó por los eucaliptos, la brisa que salió de los naranjos, respiran el aire que llega de los pinos y entreparan cuando pasan frente a los jazmines.
Yo los he visto. No están bien de la cabeza. Usan championes con aire y zapatillas de marca, corren descalzos o gastan calzados. Traspiran camisetas, calzan gorras y miden una y otra vez su propio tiempo. Están tratando de ganarle a alguien. Trotan con el cuerpo flojo, pasan a la del perro blanco, pican después de la columna, buscan una canilla para refrescarse… y siguen. Se inscriben en todas las carreras… pero no ganan ninguna. Empiezan a correrla en la noche anterior, sueñan que trotan y a la mañana se levantan como niños en Día de Reyes. Han preparado la ropa que descansa sobre una silla, como lo hacían en su infancia en víspera de vacaciones. El día antes de la carrera comen pastas y no toman alcohol, pero se premian con descaro y con asado apenas termina la competencia. Nunca pude calcularles la edad pero seguramente tienen entre 15 y 85 años. Son hombres y mujeres.
No están bien. Se anotan en carreras de ocho o diez kilómetros y antes de empezar saben que no podrán ganar aunque falten todos los demás. Estrenan ansiedad en cada salida y unos minutos antes de la largada necesitan ir al baño. Ajustan su cronómetro y tratan de ubicar a los cuatro o cinco a los que hay que ganarles. Son sus referencias de carrera: ‘Cinco que corren parecido a mí’. Ganarle a uno solo de ellos será suficiente para dormir a la noche con una sonrisa. Disfrutan cuando pasan a otro corredor… pero lo alientan, le dicen que falta poco y le piden que no afloje. Preguntan por el puesto de hidratación y se enojan porque no aparece. Están locos, ellos saben que en sus casas tienen el agua que quieran, sin esperar que se la entregue un niño que levanta un vaso cuando pasan. Se quejan del sol que los mata o de la lluvia que no los deja ver. Están mal, ellos saben que allí cerca está la sombra de un sauce o el resguardo de un alero. No las preparan… pero tienen todas las excusas para el momento en que llegan a la meta. No las preparan…son parte de ellos.
El viento en contra, no corría una gota de aire, el calzado nuevo, el circuito mal medido, los que largan caminando adelante y no te dejan pasar, el cumpleaños que fuimos anoche, la llaga en el pie derecho de la costura de la media nueva, la rodilla que me volvió a traicionar, arranqué demasiado rápido, no dieron agua, al llegar iba a picar pero no quise. Disfrutan al largar, disfrutan al correr y cuando llegan disfrutan de levantar los brazos porque dicen que lo han conseguido. ¡Qué ganaron una vez más! No se dieron cuenta de que apenas si perdieron con un centenar o un millar de personas… pero insisten con que volvieron a ganar. Son raros. Se inventan una meta en cada carrera. Se ganan a sí mismos, a los que insisten en mirarlos desde la vereda, a los que los miran por televisión y a los que ni siquiera saben que hay locos que corren. Les tiemblan las manos cuando se pinchan la ropa al colocarse el número, simplemente por que no están bien.
Los he visto pasar. Les duelen las piernas, se acalambran, les cuesta respirar, tienen puntadas en el costado… pero siguen. A medida que avanzan en la carrera los músculos sufren más y más, la cara se les desfigura, la transpiración corre por sus caras, las puntadas empiezan a repetirse y dos kilómetros antes de la llegada comienzan a preguntarse que están haciendo allí. ¿Por qué no ser uno de los cuerdos que aplauden desde la vereda? Están locos. Yo los conozco bien. Cuando llegan se abrazan de su mujer o de su esposo que disimulan a puro amor la transpiración en su cara y en su cuerpo. Los esperan sus hijos y hasta algún nieto o algún abuelo les pega un grito solidario cuando atraviesan la meta. Llevan un cartel en la frente que apaga y prende que dice ‘Llegué –Tarea Cumplida’. Apenas llegan toman agua y se mojan la cabeza, se tiran en el pasto a reponerse pero se paran enseguida porque lo saludan los que llegaron antes. Se vuelven a tirar y otra vez se paran porque van a saludar a los que llegan después que ellos. Intentan tirar una pared con las dos manos, suben su pierna desde el tobillo, abrazan a otro loco que llega más transpirado que ellos.
Los he visto muchas veces. Están mal de la cabeza. Miran con cariño y sin lástima al que llega diez minutos después, respetan al último y al penúltimo porque dicen que son respetados por el primero y por el segundo. Disfrutan de los aplausos aunque vengan cerrando la marcha ganándole solamente a la ambulancia o al tipo de la moto. Se agrupan por equipos y viajan 200 kilómetros para correr 10. Compran todas las fotos que les sacan y no advierten que son iguales a las de la carrera anterior. Cuelgan sus medallas en lugares de la casa en que la visita pueda verlas y tengan que preguntar. Están mal. -Esta es del mes pasado- dicen tratando de usar su tono más humilde. –Esta es la primera que gané- dicen omitiendo informar que esa se la entregaban a todos, incluyendo al que llegaba último y al inspector de tránsito. Dos días después de la carrera ya están tempranito saltando charcos, subiendo cordones, braceando rítmicamente, saludando ciclistas, golpeando las palmas de las manos de los colegas que se cruzan. Dicen que pocas personas por estos tiempos son capaces de estar solos -consigo mismo- una hora por día.
Dicen que los pescadores, los nadadores y algunos más. Dicen que la gente no se banca tanto silencio. Dicen que ellos lo disfrutan. Dicen que proyectan y hacen balances, que se arrepienten y se congratulan, se cuestionan, preparan sus días mientras corren y conversan sin miedos con ellos mismos. Dicen que el resto busca excusas para estar siempre acompañado. Están mal de la cabeza. Yo los he visto. Algunos solo caminan… pero un día… cuando nadie los mira, se animan y trotan un poquito. En unos meses empezarán a transformarse y quedarán tan locos como ellos. Estiran, se miran, giran, respiran, suspiran y se tiran. Pican, frenan y vuelven a picar. Me parece que quieren ganarle a la muerte. Ellos dicen que quieren ganarle a la vida. Están completamente locos.
Marciano Durán
Escritor Uruguayo -
Mi aventura Vo2Max
Publicado el 24 24UTC abril 24UTC 2012 1 comentarioEn el 2010, gracias a la insistencia de José Luis, el editor de club de corredores, ingresé a un equipo de atletismo llamado Vo2Max. Formé parte de él todo ese año y por cuestiones económicas y anímicas dejé de asistir a los entrenamientos. La verdad es que a pesar del tiempo, aún nos extraño y me siento parte. El siguiente texto es sobre el momento en que por fin tuvimos nuestro uniforme.
El sábado nos entregaron los uniformes del equipo. Lo confieso, ¡yo sí estaba emocionada! La entrega, además, concluyó con la toma de una foto en donde estamos todos: los súper corredores, los maratonistas, los siempre ganadores en su categoría, los novatos, los que tenemos poco pero le echamos ganas… vamos, estamos todos, todos los corredores Vo2Max, incluyendo a nuestro súper entrenador.
Mi aventura con Vo2Max comenzó en enero de 2010. Por insistencia de José Luis acudí a un entrenamiento en el parque Naucalli y me gustó. Luego fui a uno de sus entrenamientos de distancia y simplemente me enamoré del grupo. Era por todo: unos locos que disfrutaban correr tanto como yo, un buen ambiente fraternal y la grandiosa experiencia de correr en un bosque.
Vamos, para mí era mágico porque estaba con personas que corrían y me sentía parte de un grupo. En Vo2Max ya no escuchaba el clásico “si sigues corriendo así te acabarás las rodillas”. Aquí todos, grandes y chicos corremos porque nos gusta, porque es nuestro hobbie y nadie se ha acabado las rodillas. Era como estar entre personas que entendían por qué me levanto a correr 10k todos los días, sentirme parte de y dejar de ser el bicho raro.
Así es que los últimos 9 meses de mi vida he convivido cada 8 días con puros corredores y de todas las edades. Los sábados, los veo en la pista de atletismo de la FES Iztacala y los domingos nos vemos en punto de las 6 30 afuera del parque Naucalli para emprender el camino hacia la Pila, el Ocotal, el Desierto de los Leones, C.U., el Autódromo o, en su defecto una competencia en la que siempre alguno del grupo se sube al podium.Sin más, estoy agradecida con el grupo por recibirme, por dejarme correr a su lado, por darme tips y ánimos en las carreras, por verlos pasar cuando yo apenas voy, por el relajo, las bromas, los chistes, la convivencia, la buen vibra, el trabajo en equipo (sí, aunque no lo crean, se puede correr en equipo), pero sobretodo por ser mi familia Vo2Max, por sentirme cobijada y feliz cada fin de semana.
¡Espero volver algún día!
¡¡Este es mi uniforme!!
Y como dice Adrián: Orgullosamente Vo2Max.
Por cierto, si se preguntan de dónde viene el nombre, Vo2Max es la capacidad aeróbica total que tiene una persona.
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Mi primer Medio Maratón
Publicado el 24 24UTC abril 24UTC 2012 Sin comentarios aún ...Quiero compartir hoy la crónica del primer Medio Maratón que corrí.
Fue en septiembre de 2009, publiqué, el texto en mi blog personal. Dos años después, concursé con él por un premio de Nike en la Revista Balance. Gané sorpresivamente (para mi) el primer lugar de entre cientos de textos que hablaban sobre lo que significa correr. Publicaron un pequeño fragmento y la foto de cuando recogí mi premio.
Recuerdo que en aquel entonces pensé que ese premio era el inicio de nuevas y mejores cosas que habrían de sucederme y así fue. Cruzar esa meta y ganar el concurso cambiaron mi vida y mi visión de mí misma. Este texto, uno de mis consentidos, tiene un valor importante en mi vida. Compartirlo hoy con ustedes, me hace muy feliz.
Medio Maratón: una de las experiencias más grandiosas de mi vida
Latía mi corazón a mil por hora. Yo lo notaba, aunque en mi cara había mucha calma. Ya a punto de entrar a la línea de salida puse a funcionar mi medidor de ritmo cardiaco: 225 pulsaciones por minuto. “No puede ser” pensé, algo debe estar mal. Respiré profundo, estaba a punto de correr 21 kilómetros.
Volví a accionar mi monitor “si no me calmo, voy a tronar”, me dije, y agité mis manos para despedirme de Sandy una de mis mejores amigasy de Efraín, el esposo de Cindy. Ibamos juntos Karen, Fher, Pepe Sandy, Cindy y yo, el Equipo Termita (los chicos con los que voy a la bici). Entramos a la plancha del Zócalo mientras se oía una banda de guerra y entonces calmada o no, no había más que hacer, sólo correr.
Pasé el tapete de salida y accioné el cronómetro. Ahora estaba enfrentándome a un reto enorme que yo había elegido: salir del zócalo y regresar a él después de haber cubierto una distancia exacta de 21 kilómetros 95 metros, corriendo.
Perdí de vista a todos, menos a Keren y a Fher y traté de seguir su paso. Era tanta la gente que había que correr en zigzag para alcanzarlos, entonces pensé que si seguía así, terminaría corriendo una distancia más larga, a un ritmo que no era el mío y quizá tronaría sin cumplir mi meta. Me calmé y tomé la decisión de seguir mi propio paso, al final este reto era conmigo misma. Iba a probar mi cuerpo: la entereza de mis piernas, la capacidad de mi corazón y mis pulmones, la fuerza de mis brazos; pero también, esta experiencia era para probar mi mente, mi fuerza interior, la capacidad de mi espíritu.Crucé la Lagunilla cuando comenzaban a poner los puestos y la poca gente que estaba nos como si fuéramos bichos raros. Salí del Centro y corrí por calles que no conocía. No importaba, mi mente estaba fija en la sensación de correr sobre el pavimento de mi ciudad. Escuchaba la música que pasé semanas seleccionando y cada rola me ponía los sentidos más alerta. Cuando pasé le primer punto de hidratación no lo podía creer, ¡había corrido 2.5 kilómetros sin haberme dado cuenta!
Pensaba en los consejos de José Luis, el editor de Club de Corredores: “ve a tu paso, marca un ritmo y no bajes ni subas de intensidad” Alcé la mirada, a lo lejos El Caballito, estábamos cerca de Reforma y apenas eran los primeros kilómetros. La ruta continuó por el Monumento a la Revolución y luego cruzamos la Glorieta de Colón. Yo seguía con la mente fija en mi carrera, en mis emociones, en mi reto. Luego noté cómo ya las calles me eran conocidas, estaba cruzando los viejos caminos de mi antiguo trabajo.
Unos metros más y ya estaba en Avenida Chapultepec, entonces comenzaron a aparecer del otro lado de la avenida, los corredores que ya iban de regreso. El primero un mexicano, seguido de un keniano. Las porras de los corredores no se hicieron esperar: “vamos México, vamos”. Se me enchinó la piel, estaba emocionadísima, estaba viendo hombres muy rápidos que habían cubierto una distancia en la mitad del tiempo en que lo haría yo. Me acercaba peligrosamente a los 10 kilómetros, la distancia más larga que había corrido.
Entonces me enfrenté a la primer subida de la carrera. Las subidas me matan y sin embargo, esta la enfrenté y vencí sin problemas, al final de la cuesta estaba otro punto de hidratación, el siguiente estaría en el kilómetro 12. Me sentía bien así que tomé la decisión de guardar mi gel de glucosa, aún tenía pila para seguir. Tomé agua y continué hacia el Ángel. Corrimos hasta Chapultepec y cruzamos el bosque, ahí comencé a cansarme y a desear tomar agua, me estaba deshidratando. Llegué al siguiente punto de abastecimiento, aún dentro del bosque y decidí tomar el gel y un poco de agua. Había ya corredores que estaban desertando, yo seguí, traía otra vez la pila al 100.
Salí de Chapultepec ante los gritos de apoyo de algunas personas y ya afuera, los desertores seguían apareciendo. Yo no dejaba de repetirme a mí misma “no llegaste hasta acá para caminar”. Ya no podía dejar de correr, la adrenalina llenaba mi mente, estaba feliz, radiante, me sentía increíble, emocionada. Correr era absolutamente todo lo que podía hacer y también era absolutamente todo lo que quería hacer.
La ruta continuó por el circuito. Al dar la vuelta al puente aparecieron personas que llevaban en las manos agua y gatorade. Particularmente llamó mi atención un cartel “Toma vaselina y evita rozaduras”, entonces los corredores tomaban un poco y se ponía en piernas y brazos. Me sorprendí una vez más, por el ambiente fraternal y de apoyo que se vive en las carreras, por ese apoyo de gente que no te conoce pero que te impulsa a seguir. Dejaba que la energía de esos aplausos entrara completa por mis oídos y los poros de mi piel.
Me sentía entera. Creo que fue mi mejor momento en toda la carrera. Más de la mitad de la distancia la tenía cubierta así que lo que venía ya era lo de menos. Mi ánimo se disparó y comencé a impulsar a los que se detenían. La ruta siguió por Avenida Chapultepec de nuevo, del otro lado ahora, por donde hacía casi una hora había visto pasar a los punteros del Medio Maratón.
“Vamos, ya que nos falta” le dije a una señora y corrimos juntas unos metros mientras intercambiábamos opiniones sobre la carrera. Ya no corría sangre por mis venas, era pura adrenalina la que me hacía seguir levantando cada pierna. Era yo la más animada.
Llegué al kilómetro 16 y con ello a una nueva subida que tampoco pudo vencerme. Era tal mi euforia que ya nada podría detenerme, ni la sed que sentía. Faltaban sólo 5 kilómetros para cumplir mi meta. Nos repartieron esponjas con agua, un sobre con miel y un plátano. Cometí el error de comer un poco y mi sed se disparó, entonces tomé la decisión de tomar gatorede en el siguiente abastecimiento, aún cuando todos los corredores se detuvieran.
Era el kilómetro 17. 5. Llegué al puesto de abastecimiento, tomé un vaso y tuve que detenerme. Fueron uno segundos, pero cuando intenté reanudar el paso me di cuenta que mis piernas estaban adormiladas y me costó trabajo que respondieran de nuevo. Fue entonces cuando me di cuenta que ya iba corriendo con el alma y la mente.
Volví a ver a Fher y lo pasé, la euforia me hacía seguir aunque mi ritmo fuera lento. Entonces, ya en el último tramo, miré a un hombre que comenzaba a caminar. Lo animé a seguir. “Estaba olvidando que estoy aquí, corriendo”, me dijo, y continuamos el paso hacia la meta.Corrimos juntos, luego se adelantó, luego yo me adelante, de pronto, miré hacia la derecha y ahí estaba, el último cartel señalando el kilometraje, eran 19. ¡¡¡¡Estaba a punto de conquistar mi meta!!!!
“Ya que nos falta” comencé a gritar y a pedir a la gente que se acercaba a las vallas que nos siguiera animando. Entonces vi a lo lejos la Catedral. Ya estaba en 20 de noviembre y faltaban unos cuantos pasos. ¡No lo podía creer! Estaba completando una distancia de 21 kilómetros. Ese último tramo se me hizo eterno, miré al corredor al que había animado y decidí cruzar con él la meta. Entonces experimenté una sensación difícil de describir: era como si toda yo corriera, como si toda mi vida se agolpara para correr conmigo. Es decir, la Mariana de 6 años, la de 10, la de 15, la de 24, especialmente la de 29, todas ellas corriendo conmigo, junto, atrás, adelante. La niña, la adolescente, la joven y muy, muy especialmente la mujer, la MUJER que soy ahora. La mujer capaz de correr con el alma 21 kilómetros.
“Mujeres a la derecha” dijeron y apreté el paso. La meta, MI meta aparecía radiante, increíble, imponente ante mis ojos. Apenas dos horas atrás había salido justo por esa misma calle y ahora estaba de regreso. La gente se arremolinaba sobre la entrada a la Plancha del Zócalo. Grité por última vez “venga porra” y escuché los aplausos y la buena vibra, entonces entré a la Plaza Mayor y crucé ESA meta con los brazos abiertos.
Wow. ¡Crucé esa meta!… se detuvo mi tiempo…
El corredor con el que había pasado los últimos 30 minutos y yo, nos felicitamos, como si fuéramos los ganadores, los primeros en llegar. Y lo éramos, ganamos algo muy dentro de nosotros. Me senté y me quité el chip y me dispuse a ir a la zona de abastecimiento. Eran las 12 del día, yo me había tardado 2 horas 10 minutos en completar mi sueño.
No puedo describir la sensación que me dejó aquello, fueron tantas mis emociones mientras iba corriendo y tantas otras al terminar que lo único que atiné fue a sonreír. Aún no puedo dejar de hacerlo. Caminé por la zona de entrega de paquetes: un gatorade, un plátano, 4 naranjas y una medalla que colgaron en mi cuello. No es de oro, pero para mí vale como si lo fuera. Me tomé una foto.
Me dirigí hacia el punto de reunión en donde me encontraría con los demás corredores “Termita” Entonces me tomaron por el brazo y me felicitaron, era Toño, mi mejor amigo, casi me echo a llorar en sus brazos.
Luego llegó Sandy que siguió la carrera en el metro, entrando y saliendo para apoyarnos. Llegó Fher y así fueron llegando los chicos con los que corrí, pero también llegaron Abraham, Nancy, Mireya, mi hermana, mi madre, mis sobrinos.
Correr el Medio Maratón fue un gran acontecimiento en mi vida y me sentí increíble al ver a tantas hermosas personas acompañándome en un momento tan sublime para mí. Personas que me rodearon de cariño, a quienes les importo y me quieren.
Mi pasión por correr
Es difícil entender qué es lo que lleva a una persona a levantarse diario muy temprano para correr y luego ir a trabajar. Es difícil comprender cómo puede ser que te inscribas a carreras los domingos y sacrifiques un día dedicado a descansar. Para nosotros, los que lo hacemos, simplemente no se puede concebir el mundo sin esto.
Nosotros somos los corredores de corazón, los que no tenemos entrenador, los que no nos dedicamos a esto y sin embargo amamos el deporte más que a nada en el mundo. Nosotros no corremos por un lugar en Juegos Olímpicos, corremos porque esto le da sentido a nuestra vida y porque esto nos ha salvado la vida muchas veces.
Yo corro porque al hacerlo me siento una persona distinta y después de este Medio Maratón, me siento una mejor persona. Mi sensación es simple: “Si pudiste con esto, puedes con cualquier cosa”.
¿Mi siguiente reto? ¡¡CORRER EL MARATÓN!!
Mis más profundas GRACIAS
Mención aparte merecen todos aquellos que fueron a verme: Toño, Sandy, Abraham, Mi mamá (quien tenía miedo de que muriera corriendo), Nancy, mi hermana, mis sobrinos. También aquellos que mandaron buena vibra: Tere, Luis Miguel, Letto, Adrianiux, Mónica, Malú, George, Jorge (y desde Alemania), Cristopher, Alfredo Ascencio, Enrique, Mayte, José Luis, Mara, mi tía Tere (que hasta prendió una veladora). Los que se apiadaron de mis súplicas y me dieron música prendida: Charly y Arturo, mi cuñado. Los que me recomendaron música aunque no la mandaron, George, Marlene, Nancy, Mireya. Los que me desearon suerte: El Rey Rata y Alejandro (que sorpresivamente vi en el kilómetro 17.5) y aquellos que me impulsaron a hacer el reto: Karen, Fher, Pepe y Sandy (la otra Sandy) personas increíbles y deportistas de 10.
No miento al decir que en los momentos en que peor me sentí y en aquellos en que me pregunté a mí misma qué diablos hacía corriendo, ustedes estuvieron conmigo dándome un empujoncito para seguir…
Ese día aprendí que “En la vida como en las carreras, ¡no bajes tu ritmo!













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