Dónde correr: Nevado de Toluca, entrenamiento de altura


Los entrenamientos en montañas altas permiten a los corredores tener un mejor rendimiento en la carrera. El Nevado de Toluca es una excelente opción para quien vive en el Centro de México. Aquí una descripción de lo que es este volcán inactivo y lo que significa correr en sus caminos.

“Tu debes estar loco” le dijo Maricela a Adrián, nuestro entrenador, “¡pero nosotros más por seguirte!”, todos reímos. La verdad es que sí era una locura. Estábamos a las 7:15 en el frío de una mañana lluviosa a 4 mil 300 metros de altura, en el imponente Nevado de Toluca, a punto de correrlo hacia arriba hasta llegar a las Lagunas del Sol y la Luna, con un frío de 2 grados centígrados y una fuerte neblina. ¡Sí debía ser una locura increíble!

Ese día sí que corrimos, corrimos todo el tiempo. Yo desperté a las 4: 30 de la mañana para alistarme y salir literalmente corriendo a las 5 al encuentro con los Vo2Max. La cita era en el Parque Naucalli para irnos inmediatamente corriendo (es decir con prisa) hacia Toluca y realizar nuestro entrenamiento de altura con miras a la Carrera Tec y al Medio Maratón de Tequila Jalisco, para más tarde regresar “corriendo” a las reuniones familiares.

Donde correr Nevado de Toluca entrenamiento de altura

El Nevado de Toluca visto desde el primer refugio.

Nunca me había despertado tan temprano en mi vida, pero bien valía la pena. Había pasado un año completo admirando las fotos de mis compañeros en la cima del Nevado cuando yo me salí del grupo presa de una depresión y después de morirme de envidia decidí que no podía faltar un año más, quería tener una foto igualita.

El camino fue largo y yo moría de sueño, pero no pude dormir. Sólo veía como en algunas partes de la carretera llovía demasiado y me preocupaba que arriba, en el volcán, también lloviera. Realmente no había un buen clima y la idea de la maravillosa foto en las Lagunas se borraba de mi mente. ¡Con ese clima sería imposible! Cuando llegamos y comenzamos el ascenso por el camino de terrecería, pensé que el entrenamiento sería un desastre y ya para cuando nos encontrábamos en el primer refugio y salí de la camioneta de Edmundo, para calar el clima, pensé “qué diablos hago aquí”.

Entonces Adrián comentó que alguien del grupo había escrito en nuestro muro de Facebook que era un día horrible para correr en el Nevado, pero que a su consideración, todos los días, cada día en la vida era simplemente diferente, ni bonito ni feo, sino diferente y que había que disfrutarlo como tal. Esa fue mi primera lección del entreno.

La plática siguió por unos minutos más, hasta que la mayor parte del grupo llegó. Comenzamos el calentamiento. Yo llevaba mi playera para correr, la sudadera de Vo2Max y un rompevientos que pensaba quitarme, pero que, al ver el clima, se quedó conmigo todo el trayecto. Me puse también mi cinturón de hidratación que al final fue innecesario porque casi no tomé agua, mi bandita en la cabeza para evitar que me diera frío y unos guantes. Todo era insuficiente, me congelaba todo el cuerpo ¡con lo friolenta que soy!

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El calentamiento. El loco de naranja y shorts es el entrenador.

Iniciamos el ascenso al Nevado a las 7: 40. Cada quien a su ritmo. Yo comencé detrás de Edmundo, pero en pocos minutos ya me encontraba sola en el camino. Las instrucciones eran subir, dar una vuelta a la Laguna y regresar al punto de reunión, pero, aunque yo había estado arriba en otras ocasiones, la verdad no sabía por dónde íbamos a llegar y los lugares o puntos de reunión me resultaban un enigma. Aún con ello, pensando en que ya varios compañeros iban en ascenso, no me preocupé.

Los primeros kilómetros fueron fáciles, aunque mi monitor cardiaco nunca pudo encontrar mi ritmo y mis piernas me pedían a gritos que parara. Nunca me había pasado antes, pero mis pantorrillas estaban hechas piedra y cada paso era doloroso, además me costaba trabajo respirar. Pero lo único que tenía en la mente era que subiría el Nevado corriendo. Hace ya varios años lo subí en jeep por un camino “alternativo” luego en bicicleta, con mis amigos los Termita y esta vez, siendo uno de mis lugares favoritos, no podía dejar de ascenderlo haciendo lo que tanto amo: correr.

Tomé varias fotos durante el trayecto mientras podía verse el paisaje, pero ya para cuando llevaba unos 30 minutos subiendo, la neblina era tanta que era imposible mirar más allá del camino que andaban mis pasos. Me sorprendí. De alguna manera el no saber qué estaba delante de mi, me aterraba y voltear y no ver a mis compañeros también me generaba ansiedad. Unos pocos metros más adelante, me encontré a MiKita y su hija a quienes pasé, no sin antes el saludo de “ánimo” que es ya el grito de guerra entre los corredores. El silencio era total, no había un olor en particular y todo era neblina. Me encontraba sola, pensando en el camino, mirando hacia abajo para no tropezarme y sin poder mirar hacia delante para saber qué me esperaba mi destino runnistico.

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El paisaje mientras corría.

Así pasaron varios minutos, mi mente concentrada en subir, mis piernas ya se sentían mejor, mi respiración pausada pero incompleta y al mirar mi ropa, notaba como algo de aguanieve se quedaba en mi rompevientos y en mis guantes. ¡Era una sensación totalmente extraña!

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Las cosas que uno encuentra en el camino.

Ya para cuando me había acostumbrado al frío, a la neblina y al silencio, ocurrió algo. Al dar una vuelta al camino, miré a dos chicos que estaban sentados y se cubrían con cobijas, uno de ellos estaba totalmente vestido de negro y con la gorra de la chamarra puesta en la cabeza. Mi mente se petrificó por unos instantes y mis ojos se posaron en ellos ¿Qué hacen aquí?, pensé y al pasarlos sentí un enorme escalofrío. Se me hacía totalmente inusual e inútil que estuvieran ahí, a un lado del camino en un frío cercano a los cero grados y sin hacer nada, solo sentados. Entré en pánico ¿y si me hacen algo mientras corro? Era lo que una y otra vez repetía mi mente, mientras que otra parte de mi me impulsaba a continuar “hay gente del grupo adelante y atrás de ti, no te pasará nada” y también me dije mi mantra de seguridad “si Dios conmigo, ¿quién contra mi? Y seguí andando.

Pronto algo me hizo voltear para cerciorarme de que no venían tras de mi y entonces me di cuenta de que estaba a la mitad de un banco de neblina enorme que no me permitía mirar más allá de un metro de distancia, ni para adelante, ni para atrás. Esto podría sonar espeluznante, pero en realidad se trataba de la segunda lección del entreno: estar siempre posada en el presente. Eso lo dicen siempre cuando se habla de mejorar la vida. Concentrarse en el aquí y el ahora sin pensar en el pasado, sin cargarlo y también sin imaginar el futuro. Eso justo sucedía mientras corría, no había manera de mirar el pasado, porque al voltear hacia atrás, lo único que llenaban mis ojos era la neblina, no había un camino de regreso, pero tampoco podía fijar mi vista en el futuro, porque delante de mi no había más que neblina, una espesa neblina que me impedía ver lo que pasaría y me dejaba imposibilitada de imaginar. Lo único que tenía era el espacio que mis pasos andaban, tal como es en la vida, tan sólo el aquí y el ahora, pero con una meta fija, continuar hacia adelante hasta llegar a mi meta: Las Lagunas del cráter del volcán, aunque no supiera a ciencia cierta lo que el camino me depararía. Una lección totalmente equiparable con la vida real: tener una meta, caminar hacia ella sin saber a ciencia cierta el camino y no voltear hacia atrás, para evitar llevar cargas innecesarias.

Pensaba en ello cuando escuché ruidos, miré hacia atrás y no vi nada, continué, pero la idea de los chicos sentados en medio del camino volvió a asaltar mi mente. Volteé de nuevo y para mi sorpresa, una sombra negra comenzó a hacerse cada vez más clara, miré al suelo, sin dejar de correr y observé una piedra, pensé “si algo sucede, la usaré” pero al tiempo que mi mente despejaba el pensamiento escuché la voz de Beto “qué onda, Mar, échame un ray” bromeó. Sonreí y lo miré pasar para después continuar mi camino en la espesa niebla.

Seguí subiendo con la confianza de que Beto estaba justo unos metros adelante de mi. La niebla era tan pero tan cerrada que pronto lo topé de nuevo “¿Sabes cuál es el camino correcto?” preguntó. “no” contesté “nunca antes había venido corriendo y sin saber a donde”. Seguimos un par de pasos más y encontramos una y griega, un camino hacia abajo y otro hacia arriba, “¿Por dónde será?” nos preguntamos y tuvimos que detenernos “esperemos a que lleguen los demás” sugerí, así que aprovechamos el momento para tomarnos una foto.

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Un poco de Niebla.

Pronto llegó Malili, Critopher y su hermana y nos indicaron que era por arriba, continuamos hasta llegar al cartel que anunciaba la Laguna del Sol y al fondo, sólo podíamos ver neblina. Tuvimos que hacer una pausa de nuevo para encontrar el camino. Y aprovechamos, de nuevo, para documentar el momento en foto, todos junto al cartel que indicaba que ahí estaba la Laguna del Sol, pues yo quería tener la constancia de que había estado ahí, aunque no se viera nada.

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Con Cris y Angie.

Comenzamos a enfriarnos, pero teníamos que esperar a que alguien nos dijera por donde, ya que podíamos perdernos. No pasó mucho tiempo, cuando por fin llegó Mikita y su hija, quienes nos dijeron que teníamos que ir hacia abajo, comenzamos de nuevo el trayecto. Beto se adelantó y tomó una foto del contingente, pronto llegamos a un lugar en donde se vislumbraba un poco de agua. Quedé maravillada ¡habíamos llegado a la Laguna de sol! Y aunque no se veía, yo estaba emocionadísima tome y tome fotos. Luego mientras corría al lado de mi amiga Malili, como un milagro, la neblina comenzó a disiparse para dejarnos ver el paisaje más maravilloso que yo haya visto en las lagunas. ¡Y había llegado ahí corriendo!

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Los Vo2 máx en acción.

Malili me tomó una foto en una piedra sobre la Laguna. Yo alcé los brazos, era como haber entrado a una meta mental que yo tenía, un pequeño sueño. Seguimos adelante y a cada paso, la neblina era menos, y ya para cuando llegamos con el contingente completo, el día era otro, abierto, luminoso, emocionante. “Estas son diosidades” dijo Malili, “dios debe quererte mucho que abrió el día para que tuvieras esa foto de tus sueños”. Tenía razón, quien si no dios, podría haber hecho esa maravilla.

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La neblina se abrió un momento.

Todos reunidos, tomamos la foto oficial del Nevado de Toluca 2012. Me sentí dichosa, pero la aventura estaba a la mitad, aún nos faltaba un regreso por ese mismo camino que habíamos subido. Nos preparamos para continuar. En el trayecto, nos encontramos a Richard que había subido caminando junto con Adriana y sus hijos “entonces qué, Mar, ¿volverás o te arrepientes?” preguntó “¡claro que volveré!” contesté con una sonrisa literal de oreja a oreja.

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La foto oficial.

Aunque el camino era de bajada, el esfuerzo era igual de titánico que al subir, por la presión atmosférica. Continué sola una gran parte del camino, mirando todo aquello que no había podía apreciar minutos antes debido a la neblina. Era increíble el paisaje: las flores que parecían naturaleza muerta, la tierra mojada, el pasto que crecía a pesar de la inclemencia del clima. Al conocer el camino, también me di cuenta de cuánto esfuerzo se había hecho al subir, in saberlo y eso fue mágico.

Pasé de nuevo a Mikita y su hija y me di a la tarea de alcanzar a Malili y a Beto, lo logré al llegar a una parte que lucía arbolada. “Mar, te estamos esperando para tomarnos una foto” continuamos corriendo los tres juntos. Me pasé atrás de Beto para poder pisar por donde él lo había hecho, hasta que llegamos a un lugar en donde las nubes parecían una cascada gigantesca cayendo al mar. Nos detuvimos para documentar el momento, era como dar un paseo entre las nubes, exactamente como estar en el cielo. Era una experiencia hipnótica.

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Literal un paseo por las nubes.

Estábamos cerca de llegar al punto en donde habíamos comenzado. Dejé atrás a Malili y Beto y continué sola, deleitándome con el paisaje, con mi emoción a cada paso. Miré hacia lo lejos y ahí estaba el refugio y fui capaz de notar el enorme esfuerzo que habíamos hecho al subir, pues el camino era bastante largo, quería llegar ya porque me sentía cansada de emoción y entrega la correr, pero al mismo tiempo disfrutaba cada paso dado en aquel que es, sin duda, el único Volcán en el mundo con un camino bien trazado para escalar.

Llegué al punto de reunión, exactamente 2 horas 13 minutos y comencé a estirar. Adriana nos regaló un vaso con chocolate caliente a cada uno de los que habíamos llegado. ¡Qué bien se siente! Fue maravilloso, nunca entes una taza de chocolate me había sabido tan delicioso. Fui al baño a ponerme ropa seca para no congelarme y cuando regresé, un festín con chocolate caliente, pan de muerto, cuernitos con jamón, barras de amaranto y yogur con semillas se extendía en una pequeña bardita cercana al refugio. ¡Algunos miembros del grupo habían llevado esa comida para el desayuno! Fue entonces cuando tuve la tercer lección del entreno: el valor de una familia de corazón.

Dicen que los amigos son la familia que uno elige, y en Vo2Max me ha quedado claro el valor de reunirte con personas valiosas, apasiaonadas, gentiles y que tienen tanto que ofrecer. Así es el running, capaz de reunir a personas quizá muy distintas, pero llenas del corazón, tan plenas que son capaces de calentar chocolate para todos y llevarlo hasta Toluca o preparar el desayuno para todos. ¡Fue grandioso!

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En el desayuno.

Platicamos un rato, convivimos, vimos llegar ciclistas, caminadores y otros corredores mientras estuvimos ahí. Vimos también irse a otros montañistas, y también ahí nos tomamos la foto oficial ya una vez concluido en entreno. Foto que no tengo, pero que pienso conseguir. ¡Fue una gran hermandad! Nos despedimos todos con besos y abrazos y subimos cada quien al auto en el que habíamos llegado.

Yo me sentía plena, no sólo por lo que había conseguido: subir corriendo el Nevado de Toluca, sino por lo aprendido y por lo sentido a cada instante. Fue ahí cuando levantarse 4: 30 y sufrir el frío cobraron sentido, tuvieron un por qué y un para qué.

Es difícil de explicar cómo es que aquello puede mover tanto la conciencia y hacer pleno a un ser humano, conmigo funciona ¡y no soy la única! Eso es maravilloso. Sé que hay muchos locos, loquísimos como nosotros y sé que para un buen número de personas el correr significa mucho más que un ejercicio físico. Así es para mi, por eso cada entrenamiento, cada reto, cobra una especial importancia.

Notas al margen

Entré al grupo Vo2Max en 2009 gracias a José Luis Flores Suárez, editor de la revista Club de Corredores a quien conocí por un golpe de suerte, cuando escribí una crónica de la carrera que él organiza (BioCarrera Satélite). Él me invitó y acudí, desde el primer momento me sentí enganchada, sin embargo, abandoné.

Los motivos del abandono son muchos y muy variados, pero todos ellos provenían de mi interior. En el lapso, conocí a una persona que cobró una gran importancia en mi vida y quien unos meses se fue. Eso produjo una enorme tristeza que me hizo dejar muchas cosas, entre ellas el running.

Tras la recuperación y mi regreso a las pistas, mi corazón me pedía volver a Vo2Max y así lo hice. Fue la mejor decisión de este 2012. Arriba, en la montaña, lo comprobé mientras una vocecita interior me decía “¿y de esto te perdiste por andar llorando?” Me dirán que todo llega en su momento y es cierto, pero también es cierto que uno no debe desperdiciar su energía en asuntos que no tienen remedio, porque al decidir hacerlo, se pierden cosas importantes. Cuarta lección aprendida del entreno.

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Laguna del sol.

Quien diga que correr es aburrido, no lo ha experimentado, cada paso dado, insito y lo diré siempre, es una lección digna de aprenderse.

¡¡Correr es increíble!!

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En la laguna del sol.


Acerca de Mariana Fonteboa

Mariana Fonteboa es Periodista egresada de la UNAM. Se ha desempeñado como editora web para diversas publicaciones. Sus distancias favoritas son Medio Maratón y Maratón, con tiempos de 1:52 y 3:47 respectivamente. Actualmente se desempeña como jefa de contenidos y comunicación interna en Grupo GIN y en sus ratos libres es editora de este sitio.

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