Maratón: la fiesta grande, que cambia vidas 3


Esta es la crónica de una humilde corredora que un día decidió correr un maratón para dejar atrás una tristeza que tenía en medio del corazón. El maratón me dio una razón para vivir , para despertar cada día, para recuperarme y volver con la cara en alto a esta vida.

El Maratón es una fiesta

4:50 de la mañana. Suena el despertador y pienso, hoy es el día, mi fiesta personal. Había pasado la noche soñando con correr estos 42.195 km. En mi sueño, el Maratón era una prueba extraña donde además de correr la distancia tenía que encontrar cosas por medio de pistas que me permitían correr tramos largos. Sin la pista, no podía comenzar a correr y eso agotaba el tiempo de competencia, lo que me destinaba a hacer más tiempo corriendo. De sobra está decir que en el sueño, como en la vida real, soy pésima descifrando enigmas, así que mi sueño, además de extraño, era angustiante. Pero una vez despierta y analizando mi odisea onírica, me vestí  con el corazón nervioso. Ya tenía todo listo: licras, mi súper playera del poderoso equipo Vo2Max (pedí permiso), mi gorra, mi muñequera y mis hermosos tenis comprados específicamente para el reto.

5:20. suena el teléfono “estamos afuera” dice el mensaje de mi amiga Yadis, ella correría el Maratón conmigo y su esposo nos llevaría hasta donde pudiera llegar antes de los cortes a la vialidad. Fue un viaje breve, apenas eran las 5: 50 cuando arribamos al Eje Central. Hasta ahí pudimos llegar en la camioneta de Luis, lo demás lo tendríamos que recorrer a pie. Las calles absolutamente solitarias, excepto por los trasnochadores que apenas salían de los bares cayéndose o sin poderse ponerse en pie. Caminamos entre la mirada asombrada de los noctámbulos que no podían creer que las calles estuvieran cerradas. Platicábamos trivialidades para no ponernos nerviosas, aunque lo estábamos.

Eran las 6: 00 en punto cuando llegamos a 20 de noviembre y ya se escuchaba la “voz de las carreras” dándonos la bienvenida. Comimos una barrita, pasamos al baño y nos dirigimos al guardarropa. Alistamos el out fit: kangurera con geles de glucosa, dinero por cualquier cosa, ipod cargadito de música y celular. Luego vino la aplicación de vaselina por todos los lugares de posibles rozaduras. Un corredor a nuestro lado, nos dio tips: “pongan vaselina en todas las costuras, consuman sus geles y sobretodo disfruten, nos vemos en la meta”.

Terminamos de guardar nuestras cosas en mi maletita y entonces sí, no había más, dejarlas y dirigirnos a los bloques de salida. Pedí a la chica del guardarropa no rayar mi número “lo quiero guardar” le dije y entonces lo volteó y escribió el número de la bolsa en donde quedaron guardadas nuestras pertenencias, incluyendo chamarra y dijo “sí, es algo que debe guardarse, quizá me anime a hacerlo el año que entra”.

No hacía frío, pero teníamos la piel chinita, era un coctel de emociones: alegría, nervios, éxtasis… Entramos al bloque de salida y calentamos muy bien antes de estar listas para el reto. A lo lejos veíamos la Catedral y nos deleitábamos con la luna hermosísima alumbrando el Centro Histórico.

6:50.  “La voz de las carreras” nos alistó “Falta poco, corredoras” dijo y comenzamos a acercarnos todas las mujeres, hacia la salida, ya que nosotras comenzábamos la fiesta a las  7 en punto, quince minutos antes que la élite y los varones. “Este año mil 977 mujeres están inscritas al maratón”, gritó y todas aplaudimos, somos el power fememnino. Nos emocionamos, porque correr esta prueba es un reto grande y que cada vez haya más corredoras, nos encanta. Además si tomamos en cuenta que fue hasta 1984 que las mujeres fueron aceptadas en este tipo de competencias, podemos decir que somos jóvenes en el tema.

Ya con la vista puesta en la salida, Yad y yo nos tomamos una foto y nos animamos “aquí nos vemos güerita, te quiero mucho”, me dijo. “Yo también te quiero”, contesté, “nos vemos en un rato”.

A punto de arrancar

Entonces se escuchó: “vamos a dar 30 segundos de silencio para que dediquen esta carrera a quienes ustedes quieran”, la música  paró y el silencio se apoderó del Zócalo.  Yo pensé:  “¿Y a quién dedicaré esta tarea, literalmente maratónica?” y lo único que atiné a pensar fue “gracias Dios, por tenerme aquí, por darme este cuerpo, esta entereza, esta vida maravillosa y ese empuje para decidirme correr y creer en mí”. El silencio se rompió y dio paso al Himno Nacional que canté como nunca y entonces sí, comenzó la cuenta regresiva: 5, 4, 3, 2 y ¡vamos! el disparo. Lista o no, no había más, sólo correr.

Activé el ipod, el cronómetro y eché a correr, junto con otras mil y pico de mujeres decidas a regresar a la meta. Dimos una vuelta completa a la Plaza de la Constitución, mientras los fuegos artificiales iluminaban la Catedral en la fiesta del running más importante de mi amada ciudad de México. Miré al cielo, la luna era perfecta, la mañana comenzaba de la mejor manera. Salimos por 5 de Mayo, miré a mi alrededor y ya no vi a Yadis, la fiesta privada y al mismo tiempo tumultuaria había comenzado no sólo para ella y para mi, sino para las miles de mujeres que comenzamos a correr.

Recorrimos las principales calles del centro hasta salir por Juárez en donde sorpresivamente no había oscuridad, sino luz y un sol naciente y poderoso que nos acompañó hasta el final de la exhaustiva prueba. Corrimos solas, sin porra, desde Juárez hasta Reforma con el único sonido de nuestros pasos golpeándo el pavimento. Llegamos a la salida del Medio Maratón, que era en el Ángel de la Independencia y ahí pocas almas estaban ya listas para comenzar su reto. Nos vieron pasar y aplaudieron, el sonido local nos dio la bienvenida “allí vienen las mujeres del Maratón, demos un aplauso para animarlas”. Fue ahí donde pude ver a los primeros Vo2Max, aunque no me reconocieron, ni yo a ellos.

La ruta continuó sin novedad, hasta la Diana Cazadora y justo pasando la Torre Mayor y la primer subida, el contingente de periodistas subidos en el turibus hizo su arribo avisándonos que llegaban los punteros del Maratón. Los vimos pasar, rápidos, con un paso increíble, seguros, sin titubeos: 9 kenianos y atrás, unos 200 metros, un mexicano, perseguido de cerca por otros 4 africanos. Era evidente, que una vez más, el ganador del maratón sería un Keniano-Mexicano, pues en realidad, ellos ya forman parte de México.

Una vez que ellos nos dejaron atrás, la ola  gigante del maratón varonil nos abrazó y ya para cuando pasábamos frente al Camino Real en Mariano Escobedo, estábamos todos revueltos.

Continuamos la ruta por Polanco. De pronto escuché “vamos, Mar” era Octavio Vite y José Luis, de los Vo2Max, luego vi al Titán del Asfalto calentando ya para correr 35 rumbo a Querétaro. Más adelente, Adrián, el entrenador y su familia me dieron muestras de cariño y apoyo. Todavía no llegábamos a los 10k, pero faltaba muy poco, entonces la gente comenzaba a aparecer en las calles, alentando a los corredores.

7:58 Polanco. Por fin apareció el primer tapete de tiempos. Era ya el kilómetro 10 y ahí un largo contingente se nos comenzó a unir. Eran los corredores que van a otros Maratones y que corren 32 en el de la ciudad de México para entrenarse. Ya éramos una marea naranja, azul y de otros colores asaltando las calles de Polanco.

Yo en el 10. Soy la de azul

Pasando el 10 vi a otro amigo corredor, era Aldo, igual preparando sus 32 rumbo a Chicago “nos vemos en la meta, Marianita” me dijo, volteé, vi mi reloj, iba perfecta, buen tiempo, actitud de 10.

Llegamos al Auditorio ya para entrar por Chapultepec, le daríamos una vuelta completa al parque más representativo de la Ciudad para salir por Chivatito. Hasta ahí, yo me sentí en perfectas condiciones. Los puntos de hidratación eran excelentes, pero el calor era abrazador. Me preocupé tanto por ponerme vaselina para no rozarme, que me olvidé de ponerme bloqueador y ya el solecito hacía estragos en mi piel y ¡¡¡¡dijeron que el día sería lluvioso!!!!

Salimos de nuevo hacia Reforma, para de nuevo tomar la Diana y salir por Sevilla hacia la Condesa. Llegar ahí  fue un deleite,  con tanto árbol, el sol pegaba mucho menos, además, la gente salió a recibirnos con mucha alegría, pero lo mejor aún nos esperaba. En Alfoso Reyes, ya a punto de salir al Circuito Interior ví a Jose Luis Flores Suárez gran amigo, excelente corredor y apasionado del running que además edita la Revista Club de Corredores, él igual iba por 32, camino para Berlín,  “esa es mi Mar, cómo vas” me dijo y yo iba muy bien, me sentía súper, nos dimos la mano y él continúo corriendo su “entrenamiento”. Me dejó atrás justo entrando a Avenida Revolución. Ahí la fiesta grande comenzó. La porra más larga y animosa que yo haya visto: gente saliendo de sus negocios, gritándonos, otros con la batería tocando y echando porra, otros con botes llenos de monedas o frijoles haciendo ruido, dándole sonido y color a las calles de esta enorme ciudad. Dando vida al verdadero México. Confieso, se me hizo el camino eterno, mi paso comenzó a flaquear pero no era nada de cuidado, me llenaba con la energía de la gente y cada que podía tomaba agua. El calor aquí se me hizo insoportable, parecía como si fueran las 12 de la tarde, pero no, en relidad eran como las 9, estaba ya perdiendo la noción del tiempo.

En general, me hidrato cada 5 kilómetros, pero era tanto el calor que tomaba agua cada 2.5 y además me la echaba encima, en la cabeza, y era tan refrescante que hasta lo disfrutaba, cuando en otros momentos me parece odioso.

10:00. Salimos de Revolución y ahí estaba el kilómetro 30. Poca hidratación, Maratón y Medio Maratón se habían juntado y eso hacía que el agua escaciara, entonces sucedió. Me topé con el muro. Jamás lo había sentido, ni en mi primer maratón. Creí que era un mito, hasta que en el kilómetro 30, esa pared comenzó a hacerse alta y difícil de rebasar. Mi paso bajó muchísimo y mi ánimo era cada vez menor. Tenía calor, mucho calor, mi piel ardía, no había viento y mis piernas se cansaban a cada paso. “No importa”, pensé “falta poco para  Insurgentes y ahí vendrá mi segundo aire”. Pero al llegar ahí, no hubo segundo aire y la pared ya parecía ¡¡¡Muralla China!!!

Insurgentes, es sin duda, la Avenida más grande y anguistiante de México, me fue tan difícil correrla que creo que su magnitud se multiplicaba a cada paso, en lugar de acortarse. Tomé agua en cada punto de hidratación, pero ya iba mal. Mis piernas flaqueaban y mi mente me decía “¡para ya!” Bajé el ritmo, miré el reloj y ya me había excedido en tiempo. Cada kilómetro era más tormentoso y perdí la concentración, mi cuerpo entero decía “toma agua” y cada estación parecía más y más lejos. Insurgentes fue una tortura.

Llegamos a la primer subida y mi mente me jugó una mala pasada. Soy muy desubicada en la ciudad, así que pensé que era la Glorieta de Insurgentes y apreté el paso. Al terminar la cuesta, se me reveló que apenas cruzábamos Viaducto, así que volví a caer en trance. Cansancio, sed, calor, quemaduras en la piel era ya lo único que mi mente registraba y me estaba cobrando la factura la falta de concentración en mi paso. Afortunadamente mi alma me gritaba que llegara a la meta. Cuando por fin subimos la glorieta y llegamos a Reforma, pensé “aprieta el paso” y corrí un poco más fuerte, ya en el tiempo ni pensaba, era obvio que no iba a romper mi marca, es más, era evidente que ni siquiera terminaría en el tiempo en que culminé el primer maratón, iba muy por encima, así que mi mente volvió a malpasarme.

11:00 Corrí Reforma a paso de trote, vencida, cansada, insolada y lo único que me sacó del trance fue la voz de Magali en la Glorieta de Cuauhtemoc “vamos, Mariana vas entera ya falta poco, hiciste el gran esfuerzo” sus gritos, que se oían aún cuando ya la había dejado atrás, me hicieron dar los siguientes pasos, cuando ya el cuerpo me gritaba ¡detente! Estuve a punto de dejar la ruta, estuve muy cerca de parar, de dejar de correr y esa voz, la voz de una compañera de trabajo, me dio el impulso para continuar. Miré el cronómetro, pensaba en la gente que ya me esperaba en el zócalo y sentía un agobio terrible, pero ya estaba cerca.

Entramos de nuevo en Juárez, por fin, ese camino que en la mañana me había parecido corto, sorprendió a mi mente de nuevo, pensé “¡estoy a nada!” pero el Eje Central parecía no tener fin, mi mente flaqueaba y estaba a punto de llorar porque sentía que me debía algo. Ya mi tiempo hacia los 40 kilómetros marcaba 4: 27, siete minutos por encima de mi tiempo en el primer maratón y aún faltaban dos kilómetros. Así ya vencida, entré a Izazaga y me sentí aliviada de estar a punto de llegar.

11:35. Corría quejándome de todo, del cansancio, del sol, ya pensaba: “pero ¿qué diablos hago aquí?” era terrible, a unos cuantos pasos, ya no podía más, entonces escuché “vamos 544 ya falta poco, vuelve a la carrera” y apreté el paso, dando ya lo último. Alcé la mirada y ahí estaba, la vuelta hacia 20 de noviembre. Los gritos y el sonido dando la bienvenida a los corredores llenaron mis oídos. “es el último esfuerzo” pensé. Dejé que los gritos entraran por mis oídos, la música hacía como 12 kilómetros que ya no la escuchaba, aún cuando el ipod seguía funcionando. Los gritos comenzaron a entrar por los poros de mi piel y me impulsaron a llegar, a cerrar como debe hacerse: ¡dándolo todo!

11: 40. Corrí, corrí como si no hubieran 42 kilómetros atrás, me parecía que la meta se movía de lugar, pero no, ahí estaba y entonces “la voz de las carreras” lo dijo, “ahí vienen los corredores, disfruten este logro” y sí comenzaba a disfrutar y me sorprendí en automático alzando los brazos con miras a la meta y crucé. Comencé a caminar hacia la zona de hidratación con las piernas echas piedra, cansadas, y acalambradas. Lloré. Lloré tanto y tan fuerte que me preguntaron si estaba bien y lo estaba, era sólo que había sido un esfuerzo más enorme que nunca y el sentimiento era encontrado.

Caminé recibiendo primero agua, luego mi paquete de recuperación y ya al último mi medalla. La pusieron en mi cuello, y me felicitaron. Yo seguía debiéndome algo. Me quité la gorra y sentí como llegaba un mensaje a mi celular. Era José Luis “¿llegaste a la meta?” preguntaba y contesté, contesté porque no pensé que cumpliera su promesa de ir.

Luego fui hacia donde siempre nos quedamos de ver mis amigos y yo y ahí estaban: Sandy, Toño, Miriam y mi Mamá. Lloré, lloré con Sandy, lloré con Toño y con mi mamá. Fue una prueba exhautiva, llena de magia, apoyo, cansancio, kilómetros y enseñanzas.

Cada carrera enseña al corredor algo de sí mismo y sin duda este Maratón me dejó muchos aprendizajes, el primero, nunca confiarse. Yo lo hice, confié en que ya lo había hecho, y pensé que me sería más fácil, pero cada Maratón es distinto, aunque sea la misma ruta y la confianza excesiva, me cobró la factura.

Esperamos a Yadis y llegó José Luis. Es increíble, él no lo sabe, pero por él corrí mi primer Medio Maratón y quedé enganchada a las largas distancias. Así que el hecho de que fuera, de que estuviera ahí fue grandioso y no dejé de agradecerle, ni lo haré. Tomamos fotos, todos ahí, mostrando la medalla, nos vemos radiantes, como si no estuviéramos cansados… pero lo estábamos.

Yop, Miriam, Toño y Lula

Con Yadis!!!!

A veces, uno se enfrasca en conflictos tan tontos que consumen demasiada energía. Mi viaje en este Maratón me hizo darme cuenta, una vez más, de lo verdaderamente importante. Correr un maratón cambia vidas. Uno no vuelve a ser el mismo al cruzar esa meta, porque cada meta es diferente, cada carrera, cada kilómetro lleva tu mente a un viaje interior que te vuelve más fuerte, más consciente. Uno regresa a la meta tras recorrer 42.195 Km pero ya no se es el mismo ¡y eso es grandioso!

Comienza el viaje

Mi viaje ahora comenzó no sólo al decidir correr, sino en mi preparación. Rumbo al maratón me sucedieron tantas cosas: conocí a Alejandro Gutiérrez, un corredor longevo que me ayudó a cubrir mis distancias en el Ocotal, a René Anguiano, corredor que me apoyó en mis 24k en el Naucalli, cuando era imposible correr en la Pila por las lluvias. Rumbo a mi primer distancia larga, volví a recibir apoyo de Alejandro López a quien no le hablaba desde hace un año y quien a pesar de eso, me acompañó a correr el Ciclotón, 32 kilómetros que yo recorrí corriendo y él en bicicleta.

También, durante esta preparación conocí personas valiosisismas en Twitter que no dejaron de alentarme, como, por ejemplo, el operador de la cuenta oficial de Maratón @XXXMaratonMx quien no me dejó caer un solo instante.

Saldando cuentas

Pero lo más asombroso sucedió el viernes antes de la fiesta grande, cuando Magali, una compañera de trabajo con quien durante muchos años estuve enemistada, me regaló chocolates y me deseó suerte mientras yo lloraba como magdalena. Es increíble de dónde surgen las muestras de apoyo, o cómo tan fácil, se puede terminar con una pelea absurda para dar paso a la paz espiritual. Para mi, su gesto es un detalle que mi corazón abraza con inmenso cariño y que me hace mucho más fuerte y feliz. Y se lo agradezco profundamente.

Y otro acto totalmente asombroso fue la llegada de José Luis hasta el Zócalo. Me abrazó, como suele abrazar él, así como de cerquita y de lejitos. Pero ese acto también significó para mí el fin de algo totalmente doloroso, que da paso a un agradecimiento profundo, un pasado saldado, un presente feliz y como dice él, el nacimiento de un futuro.

Con José Luis

 Otras cosas importantes

Mención aparte merece el Gobierno del Distrito Federal por lograr esta fiesta inmensa. Realmente, en los 4 años que llevo recorriendo estas calles en Madio Maratón y Maratón, éste ha sido el mejor organizado, desde la entrega de paquetes, hasta el cruce del último corredor, así que para mí merece una enorme felicitación, así como también la merece la porra oficial de voluntarios que kilómetro a kilómetro motivaron a tantos corredores a llegar a la meta, los voluntarios en los puestos de hidratación que durante 6 horas estuvieron dando agua y gatorade a miles de almas que se lanzaron a correr; las personas que estuvieron en los servicios médicos auxiliando a los lesionados, el personal de limpieza que recogió cada bolsa de agua arrojada por los corredores durante tantos kilómetros, sin duda, son estos hombres y mujeres los héroes anónimos del maratón. También, todo mi reconocimiento a la magnífica porra ciudadana que salió con naranjas, dulces, agua, coca cola, vaselina y energía a darnos un empujoncito, valiosísimo cuando flaqueamos, sólo para dar el siguiente paso, llevando esos gritos a cuestas, grabados en la memoria, gritos que tal vez quedarán sin rostro, pero que, siempre, siempre estarán en nuestros corazones, al menos en el mio, ya tienen un lugar muy especial.

¡¡Gracias totales!!

Por último

Gracias a Diosito, a mi Madre, a mis amigos callejeros: Sandra Nieto, porra y fotógrafa oficial que ya decidió volver al running, a Antonio Hernández, mi mejor amigo y excelente corredor, a Miriam Castro, corredora extraordinaria que rápidamente se ha ganado un espacio especial en mi corazón, a Lula Carmona que corrió su primer Medio Maratón de una forma maravillosa y a Yadis por echarse el Maratón conmigo, por su amistad incondicional y por enseñarme que nunca hay que vencerse.

Sigo pensando: el Maratón es como la vida misma el 2 de septiembre, lo comprobé de nuevo. ¡Estoy lista para mi siguiente prueba! Llena de running, amor, felicidad y fortaleza.

¡Amo esta vida!

¡¡¡¡Mi medallota!!!!


Acerca de Mariana Fonteboa

Mariana Fonteboa es Periodista egresada de la UNAM. Se ha desempeñado como editora web para diversas publicaciones. Sus distancias favoritas son Medio Maratón y Maratón, con tiempos de 1:52 y 3:47 respectivamente. Actualmente se desempeña como jefa de contenidos y comunicación interna en Grupo GIN y en sus ratos libres es editora de este sitio.


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