Skyrunning en La Malinche: literal un paseo por las nubes


Correr admirando el paisaje, respirando el oxígeno, retando cuerpo y mente, tal vez el skyrunning sea tan antiguo como la humanidad y apenas, lo estemos redescubriendo.

Nos recibió de mucho mejor humor que hace un año, con bosques más verdes que nunca y un pico imponente que nos invitaba a subirlo, que nos decía “bueno, tal vez este año lleguen a la punta”. Así, el volcán La Malinche, nos esperaba como cada año para el campamento de altura de los Vo2Máx.

Sus 4,420 metros de altura sobre el nivel del mar, su clima frío, su exótica belleza boscosa, cada años nos atrae en pos de un sueño: subirlo, conquistar su cima. Aminados por la experiencia quizá no de ser mejores corredores, pero sí mejores personas, esperamos ansiosos a que el Coach nos diga que está apartando las cabañas en el Centro Vacacional La Malinche del IMSS y que nos preparemos y nos organicemos para el viaje, llevar la comida y la ropa adecuada para el ascenso. Son semanas de una vibrante ansiedad y expectativa. Es para mí, la mejor fiesta.

Es un viaje agradable, entre amigos y compañeros de equipo. La Malinche está en Tlaxcala y es relativamente fácil ir hacia allá, quizá un par de horas de camino, dependiendo de si decides ir por la salida a Puebla o si mejor tomas la carretera Arco Norte. Vamos siempre en la misma fecha: el puente de marzo, gracias a la celebración del natalicio de Benito Juárez, vamos siempre en puente porque eso nos permite llegar el sábado temprano y salir el lunes por la tarde, después de un fin de semana que lejos de ser descansado, nos obliga a retar aún más nuestra entereza para entrenar, al menos dos veces al día.

“Este campamento es una forma de imitar lo que hacen los atletas de alto rendimiento”, dice Adrián, nuestro entrenador. Es común que varios grupos de deportistas lleguen a La Malinche y se queden por lo menos una semana, de esta forma, el cuerpo se adapta a la altura y mejoran sus marcas. Nosotros, simples mortales del atletismo, vamos 3 días a vivir esa magnífica experiencia. No se trata sólo de subir la montaña, de hecho eso sólo lo hacemos un día. Nuestra estancia es compleja, pues es literal, como estar en un campamento de altura. Adrián dice “haremos lo que hacen los atletas de alto rendimiento: entrenar, comer y dormir”. Y sí, hacemos eso, pera también jugamos, convivimos, nos cansamos, pero sobre todo nos maravillamos con la grandeza.

Comienza la aventura

¿El sábado temprano? Bueno esa era la idea, pero salimos tarde y el primer entrenamiento era justo a las 11. Tomamos la carretera Arco Norte para evitarnos cruzar toda la Ciudad de México y ganar tiempo. Es un viaje agradable. La primera sorpresa la llevamos cuando observamos los globos aerostáticos que surcaban los cielos de Teotihuacán. Nos acercamos tanto a ellos que de momento pensamos que aterrizarían al pie de carretera. Sin duda una magnifica forma de comenzar la aventura.

Teotihuacán

Globos surcando el cielo en Teotihuacán

Arco Norte es una carretera que te deja ver el paisaje de un árido México, con sus pueblos pequeños, sus casas abandonadas, algunas parcelas a la mitad de  la nada,  ruinas y por qué no, las vacas cruzando de un lado a otro por los caminos; es una estampa de pobreza que no vemos al vivir en el Distrito Federal. Un par de horas después y con el tiempo encima nuestro, arribamos al Parque Nacional La Malinche, con el corazón en llamas.

Tras los saludos habituales y la instalación de las cabañas, el Coach nos dio la bienvenida. El ritual comienza con un trote ligero, bajando del Campamento la Malinche, hacia un camino rural, que este año, dejó de serlo, dando paso a una carretera. Lo magnifico de este entrenamiento es que nos permite acoplarnos a la altura, antes de hacer el ascenso de la montaña.

Es un entrenamiento inigualable, todos juntos, platicando, planeando el maratón de tal o cual lugar, haciendo chistes. En total, trotamos a lo largo de una hora. El descenso suele ser la parte divertida, pero cuando tenemos que tomar el camino de regreso en una larga pendiente con curvas, al menos yo, creo que hasta veo estrellitas.

Luego de nuestro primer acercamiento a la montaña, comenzamos la otra parte de nuestro entrenamiento: comer y dormir ¡mi parte favorita! Y esta vez, le hice caso en todo al entrenador porque justo eso hicimos. A las 5 de la tarde nuestra cita era en la pista de atletismo ¡sí, hay una pista de atletismo en el campamento! Estiramos, hicimos movilidad articular y comenzamos con nuestro entrenamiento, nada menos y nada más que 4 series de 4×400. Corrimos en grupos, dependiendo de nuestros niveles. Malili y yo, como ya es costumbre entrenamos juntas. Al principio me sentí muy rápida, la pista es de tartán y uno es un poco más veloz ahí, pero al final, ya no le aguanté el ritmo a mi amiga.

La Malinche

Pista de atletismo Olimpia en La Malinche

Hubo un hecho muy hermoso ese día. Mientras realizábamos la movilidad articular, los niños, hijos de algunos de mis compañeros, se aventuraron por un poco de bosque que pertenece al Campamento. Se perdieron un rato, ante la angustia de una que otra mamá, pero al regresar dijeron “es la mejor aventura que hemos tenido”, alguien del grupo dijo “Adrián no podemos tener un entrenamiento como el de ellos” y el Coach, con esas frases de sabiduría dijo “Cuando aprendan a disfrutar la vida de esa forma, tal vez tengan un entrenamiento como el de ellos”. Esa frase apareció en mi cabeza muchas veces durante el ascenso al día siguiente.

Llegar hasta el final

En mi caso, sólo he acudido a dos de los campamentos que se han hecho en La Malinche. El de este año y el del año pasado, cuando el Volcán nos recibió entre lluvia y nieve que nos impidió el ascenso hasta la cumbre. Ahora, la consigna era llegar hasta el final, sin importar el tiempo, el esfuerzo, todo valdría la pena si disfrutábamos el camino hasta llegar a la meta.

El ascenso comenzó el domingo afuera del Campamento de IMSS a las 7 de la mañana. Era un día frío. Yo llevaba rompevientos, mi cinturón de hidratación, guantes, un buff al cuello y una diadema que me cubre la frente y las orejas. Además calzaba mis tenis especiales Salomón para montaña. Trotamos ligeramente. El grupo que, al inicio fue compacto, se fue diluyendo conforme algunos apretaban o disminuían el paso. Un tramo lo subí con José Luis y Rodo, que pronto me dejaron atrás y otro tanto lo subí con Adrián, Cacho, Malili y Beto.

La montaña no sólo nos recibió con los brazos abiertos, nos regaló paisajes impactantes, subidas empinadas, esfuerzo, olor a leña de los campamentos de algunos que habían pasado la noche ahí para subir y otros que bajan después de haber contemplado el maravilloso amanecer en la punta.

La Malinche

Bosque en la Malinche

Siempre he pensado que los viajes sirven para encontrarse a uno mismo. La Malinche, es uno de esos viajes. Imaginen estar en medio del silencio, sintiendo la energía de los árboles que se mecen tranquila y apaciblemente con el helado viento. Exhortando a los sentidos a dejarse llevar por los olores, por los contrastes, por el clima. Escuchar de pronto cómo el silencio se rompe al pisar una vara, al caer una piña. Y al mismo tiempo en que disfrutas la magnificencia de esta tierra, pedirle a las piernas “no paren” por que quieres ver más allá, ir más allá, impulsar cada pisada, mover cada brazo y tener cerca a quien te diga falta poco.

Después de alrededor de dos horas de camino, el bosque se abrió para dejarnos ver el pico de este Volcán. “Hasta allá llegaremos”, pensaba, pero siendo totalmente honesta, aunque la idea de subir hasta lo más alto me seducía a cada instante, a cada paso, decidí disfrutar el camino, más allá de la meta. Entonces me acordé de la frase de Adrián y de la forma en que los niños disfrutan justamente eso, cada paso, cada episodio en sus vidas y comprendí que en verdad los niños son más maestros que nosotros, los adultos.

la cima

La cima

Entonces, tras unos pasos que nos permitían ver el tamaño imponente del reto que habíamos elegido, comenzamos el ascenso por al arenal, una zona de la montaña que es de muy difícil acceso. Al pie de este nuevo suelo que se interponía entre nuestra meta y nosotros, hay un árbol donde hay dos placas de despedida. Emotiva forma de recordar a alguien.

Comenzamos la subida. El arenal es, como su nombre indica, un tramo de la monta compuesta por arena y piedras sueltas que dificultan mucho subir a la montaña. Cada paso que das, si no te fijas, puede llevarte a resbalar y tener que comenzar de nuevo. Es un tramo exigente y muy retador. La altura en esta parte de la montaña impide, en muchos casos, respirar. Yo sentía que me faltaba el aire, apenas después de haber dado unos pasos.

El coach y Cacho se adelantaron y atrás quedamos Beto, Malili y yo. Encontramos la forma de subir por una parte del arenal en donde había piedras que nos permitían un ascenso más cómodo. Pero cada paso era un reto. Esta fue la parte del volcán que peor me trató, tanto al subir como al bajar. Me ardían las piernas intentando alcanzar alguna piedra para sostenerme y mis pulmones parecían no tomar tanto aire como mi cuerpo pedía. Me detenía dos o tres pasos después de comenzar.

El arenal

El arenal

En uno de esos momentos en donde me quedé parada, observé que a la derecha se alcanza a ver a lo lejos el Pico de Orizaba, al principio, pensé que era la Popo, pero Beto me explicó que al Popo y al Izta los vería del otro lado, una vez que alcanzara la punta.

Fue un camino intenso, dos kilómetros que parecían multiplicarse conforme miraba hacia arriba para saber qué tanto me faltaba para lo que yo pensaba era la cima. En algún momento pensé en dejar de subir. Algunos compañeros del grupo habían quedado tan atrás que no llegarían arriba, otros se quedaban justo en el arenal, ya no podían subir.

Cuando estuve a punto de claudicar, Beto dijo “¿vas a rendirte a 300 metros de alcanzar la cima?”, tomé un respiro, miré hacia arriba, sin duda eran los peores 300 metros que alguna vez andaría, pero mi corazón decía que sin duda, valdría la pena. El Coach desde arriba nos daba gritos de ánimo.

Llegamos. Malili, Beto y yo llegamos y entonces pude darme cuenta que no era la cima y que aún nos faltaban un montón de piedras antes de llegar a cumplir el reto. Me quedé un tiempo ahí, arriba. Mirando hacia el otro lado, contemplando al Popo y al Izta, recordando aquella vieja leyenda de mi libro de lecturas de segundo año… iba a contar la historia, pero Beto prefirió que Malili se la contara después ja ja.

La Malinche

Vista desde la cima que no era cima

Ahí, sientiendo el frío en mis mejillas, con los labios resecos que me ardían, las manos congeladas, el viento tocando mi cabello, fue un momento de gloria. Era como si todo el trayecto para llegar hasta ahí se me agolpara en el pecho y se convirtiera en una emoción única. Mi vida en cámara lenta, sucediendo cada paso hasta llegar ahí.

¿Quién iba a imaginar 14 años antes, cuando me calcé los primeros tenis y salí a correr por mi barrio, que un día estaría ahí arriba, contemplando una vista magnifica, sintiendo en mi cuerpo el poder de la vida, admirando la fastuosa obra de arte que es esta tierra. Si existe Dios ( y yo creo que sí) ésta es la prueba más clara de su existencia y muy seguramente, tiene un amorío con la Madre Tierra.

Un minuto después, ya nos enfilábamos hacia las piedras que resguardan la cima. A gatas, alcanzando algunas y manteniendo el equilibrio en otras caminamos haciendo equipo. Ahí nos encontramos a Jess y a Barbie, las más pequeñas del grupo, y aunque tenían miedo de seguir, insistimos en que fueran con nosotros. Estábamos a nada de ganar una batalla en contra de nosotros mismos.

Este último tramo fue difícil, pero era valeroso intentarlo. Es como una metáfora de la vida: uno planea un camino y piensa que será de una forma, pero la vida se encarga de ponerte bajadas, tramos rocosos, subidas imponentes y cuando piensas que has pasado lo más difícil, que te has esforzado lo suficiente, que eres increíble, que mereces el éxito y lo ves, ves al éxito ahí, tan cerca, la vida te dice, “bueno, amigo, te haré sufrir un poco más” y se divierte poniendo más obstáculos por superar.

Rumbo a la cima

Rumbo la cima

Obstáculos que se hacen más grandes cuando piensas en todo lo que has hecho por llegar hasta ahí, pero al mismo tiempo empequeñecen con la alegría que te enchina la piel al pensar que sí, que sí puedes llegar más lejos, más arriba.

Cada paso, cada piedra andada y dejada atrás era agotador y desafiante.  Así, con las últimas fuerzas en el cuerpo, pero con una mente mucho más poderosa que al inicio de la travesía, mis pies tocaron la cima . Era ya de por sí emocionante, pero se convirtió en un hecho único al ser recibida como si fuera importante ante una ovación con cámara en mano. Levanté los brazos. Exhalé profundamente. Observé mi alrededor en 360 grados. Escuché los aplausos de mi grupo como si fueran sólo para mi y me uní a ellos para recibir a los que venían llegando. Es cierto, no éramos los únicos, había otros muchos, pero cada uno había realizado un camino diferente y tenía miles de historias que contar del cómo, cuándo y por qué estaban arriba de la montaña.

La cima de la Malinche

Mi llegada a la cima

Y entonces, contemplando aquella maravilla, sintiendo cómo mi pelo se llenaba de viento, me puse a llorar, al tiempo que el helado aire secaba mis lágrimas. Es una emoción muy grande y yo soy una cursi. Pensar en la inmensidad que estaba contemplando y en lo infinitamente afortunada que era de estar ahí, me hizo sacar las lágrimas que nadie notó porque llevaba lentes y un minuto después ya estábamos recibiendo jubilosos a más intrépidos corredores que conquistaban la cima.

Las cámaras no dejaban de flashear. Una foto aquí, otra allá, una más todos juntos y la tan comentada selfie, que haríamos arriba, en una demostración de locura anual, casi ritual para el equipo.

Nuestra selfie de altura

Nuestra selfie de altura

Correr es increíble

Sigo pensando que correr es la decisión más importante que he tomado en la vida. Un simple cambio, trajo a mi vida otros tantos, de una forma tan velada que parecen simplemente parte de la vida. Correr me ha llevado lejos (y alto), me ha enseñado cosas sobre mi que quizá de otra manera no sabría; me ha hecho más fuerte, más intrépida, más decidida, incluso hasta un poco más loca. Por correr, vale la pena todo. Vale despegar los ojos cada mañana, levantarme, decidir cada día salir. Alguna vez lo dije: correr me salva la vida cada instante.

Agradecer a la montaña… y despedirse.

Desde aquella altura, podíamos ver la pista de atletismo y el camino que ya nos esperaba hacia abajo. Dominábamos con la mirada el Valle, admirábamos los otros picos más altos de México, disfrutábamos un poco de aquello que se llama libertad. El regreso era inminente, pero no queríamos irnos, queríamos seguir ahí, no descansando, más bien queríamos seguir sintiendo la sensación de estar en el cielo, de admirar la grandeza, de sentirnos tan grandes y a la vez tan pequeños, ¿Cómo podríamos querer despedirnos? y sin embargo, la despedida era inminente.

El descenso fue igual de mágico que la subida. Un paisaje tan distinto que pareciera que bajábamos por otro sendero. Es lo que más me atrae de la naturaleza: su capacidad de cambiar de un momento a otro, de un día nublado a una soleado, del calor al frío… es mágico.

Corrimos colina abajo, internándonos en el bosque, resbalando por el arenal, llenándonos la piel de polvo, de tierra sagrada, de sonidos de pájaros haciendo sus casas en los árboles. Para mi bajar era la algarabía de haber subido. Las piernas cansadas que no querían dejar de correr y el alma agolpada pensando en una sola cosa: ¡lo logré!

Agotados, llegamos a bañarnos, a comer y a dormir, pues aunque no lo crean, nos esperaba un entrenamiento más en pista, para “aflojar el cuerpo” y relajarnos, luego vendría nuestra tradicional fogata, con todo el grupo, la familia Vo2Máx. Asar salchichas y bombones. Creo que nunca en mi vida había comido tanto, sin importarme el número de calorías y menos en la noche. La convivencia, como siempre mágica. Se acercaba el final de nuestro campamento. El adiós a la Malinche.

Un entreno más por la mañana, el desayuno entre amigos y entonces sí, el corazón con emociones desbordadas dando el adiós a un lugar sagrado. “Gracias montaña por compartir tus secretos, dejarnos conquistarte y devolvernos con bien al universo”.
Una nostalgia negra se apoderaba de mi alma mientras, camino abajo, dejábamos La Malinche. Una última foto. Un abrazo de mirada. Más fuerte, más digna y más guerrera me devolvía mi Malinche hacia mi casa.

Volveremos como volvimos ese día, esperando que la montaña siga ahí, coronando Tlaxcala, adornando el paisaje con esa hermosa cima acariciada por el viento.

Tributo a los que fueron antes

La Malinche o Malintzi es un volcán inactivo que se encuentra en Tlaxcala. Para los tlaxcaltecas este volcán se llamaba Matlacuéitl que era la esposa de Tláloc y diosa de la vegetación; pero durante la colonización española, se le comenzó a denominar Malintzin en referencia a Malinalli o Malinche, como se le nombró a quien fuera la intérprete de los conquistadores.

Es uno de los 4 volcanes más altos en México después de, y cito por orden, el Pico de Orizaba, el Popocatepetl, el Iztaccihualtl, y el Nevado de Toluca.

La Malinche

En el arenal. La Malinche


Acerca de Mariana Fonteboa

Mariana Fonteboa es Periodista egresada de la UNAM. Se ha desempeñado como editora web para diversas publicaciones. Sus distancias favoritas son Medio Maratón y Maratón, con tiempos de 1:52 y 3:47 respectivamente. Actualmente se desempeña como jefa de contenidos y comunicación interna en Grupo GIN y en sus ratos libres es editora de este sitio.

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